
Como sabéis, en la Torre Espacio de Madrid (perteneciente al Grupo Villar Mir) se ha instalado el oratorio más alto de España (¿y del mundo?) sobre el nivel del suelo (que no del mar).
Tiene una página web que os invitamos a ver aquí.


"Os doy las gracias de corazón, queridos hermanos y hermanas, por vuestra cálida y numerosa presencia!”.
“Queridos amigos –continuó-, hoy demostráis el gran afecto y la profunda cercanía de la Iglesia y del pueblo italiano al Papa y a vuestros sacerdotes, que diariamente os atienden, para que en el compromiso de renovación espiritual y moral podamos servir cada vez mejor a la Iglesia, el Pueblo de Dios, y a cuantos se dirigen a nosotros con confianza”.
El Santo Padre afirmó que “el verdadero enemigo que hay que temer y combatir es el pecado, el mal espiritual, que a veces, por desgracia, también contagia a los miembros de la Iglesia. Vivimos en el mundo, dice el Señor, pero no somos del mundo, aunque tenemos que estar precavidos ante sus seducciones. Por el contrario, debemos tener miedo del pecado y por este motivo estar profundamente arraigados en Dios, siendo solidarios en el bien, en el amor, en el servicio. Es lo que la Iglesia, sus ministros, unidos a sus fieles, han hecho y siguen haciendo con ferviente compromiso por el bien espiritual y material de las personas en todas las partes del mundo. Es lo que especialmente vosotros tratáis de hacer habitualmente en la parroquias, en las asociaciones y en los movimientos: servir a Dios y al hombre en el nombre de Cristo”.
El Papa concluyó animando a “seguir juntos con confianza en este camino, y que las pruebas, que el Señor permite nos lleven a una mayor radicalidad y coherencia. Es hermoso ver hoy esta multitud en la Plaza de San Pedro, así como ha sido emocionante para mí ver en Fátima la inmensa multitud que, escuchando a María, ha rezado por la conversión de los corazones. Renuevo hoy este llamamiento, alentado por vuestra presencia tan numerosa. ¡Gracias!”.


"la gran persecución que sufre la Iglesia no viene de fuera sino que nace del pecado en la Iglesia y la Iglesia por tanto tiene una necesidad profunda de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender por una parte el perdón, pero también de otra, la necesidad de la justicia. El perdón no sustituye la justicia. En un palabra, debemos volver a aprender algo esencial: la conversión, la oración, la penitencia y las virtudes teologales"
“En medio” colocaron a la adúltera sus acusadores. “En medio” se quedó la mujer cuando los acusadores, uno a uno, se escabulleron, dejándola sola con Jesús. “En medio” pusieron a la mujer, pero a quien pretendían comprometer y acusar, a quien de verdad querían poner en medio, era a Jesús (Cfr. Jn 8,1-11).
Hoy, letrados y fariseos han colocado “en medio” al monstruo, al clérigo sorprendido en flagrante delito de pederastia, y no lo han llevado al tribunal competente para juzgarlo conforme a justicia, sino que se lo han llevado a su madre, a la Iglesia, lo han tirado como basura a sus pies, para ponerla “en medio” a ella, para avergonzarla a ella, para comprometerla y condenarla a ella.
Letrados y fariseos, gente estéril, senos que nunca han conocido la vida ni la ternura, pretenden que una madre condene a su hijo: si no lo condena, no es justa; si lo condena, no es madre.
Letrados y fariseos, arrogantes, soberbios e hipócritas, insisten en preguntar a la madre: “Tú, ¿qué dices?” Preguntan como si ellos fuesen inocentes del crimen que fingen perseguir. Y se lo pregunta a ella, a la Iglesia que, como supo y como pudo, ha intentado siempre educar en el amor y en la virtud a sus hijos. Se lo preguntan a la madre los mismos que han destruido a su hijo: los profetas de la revolución sexual, los que instigan a los niños a masturbarse, los mercaderes de pornografía, los expertos del turismo sexual, los que consideran la prostitución un trabajo y la castidad una aberración.
Hoy la Iglesia, como ayer Jesús, encara a los acusadores con la realidad de sus propias vidas: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”.
Hoy como ayer, la Iglesia como Jesús, habrá de inclinarse para cargar con el peso de sus hijos, con la culpa de sus hijos, con la muerte de sus hijos. Cuando se incorpore, allí, “en medio”, estarán solos ella y sus hijos, con un dolor sin palabras y un amor sin medida.
+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger

"Quiero deciros algo del cónclave, sin violar el secreto. Nunca pensé en ser elegido Papa, ni hice nada para que así fuese. Cuando, lentamente, el desarrollo de las votaciones me permitió comprender que, por decirlo así, la 'guillotina' caería sobre mí, me quedé desconcertado. Creía que había realizado ya la obra de toda una vida y que podía esperar terminar tranquilamente mis días. Con profunda convicción dije al Señor: ¡no me hagas esto! Tienes personas más jóvenes y mejores, que pueden afrontar esta gran tarea con un entusiasmo y una fuerza totalmente diferentes. Pero me impactó mucho una breve nota que me escribió un hermano del Colegio Cardenalicio. Me recordaba que durante la Misa por Juan Pablo II yo había centrado la homilía en la palabra del Evangelio que el Señor dirigió a Pedro a orillas del lago de Genesaret: ¡Sígueme! Yo había explicado cómo Karol Wojtyla había recibido siempre de nuevo esta llamada del Señor y continuamente había debido renunciar a muchas cosas, limitándose a decir: Sí, te sigo, aunque me lleves a donde no quisiera. Ese hermano cardenal me escribía en su nota: "Si el Señor te dijera ahora 'sígueme', acuérdate de lo que predicaste. No lo rechaces. Sé obediente, como describiste al gran Papa, que ha vuelto a la casa del Padre". Esto me llegó al corazón. Los caminos del Señor no son cómodos, pero tampoco hemos sido creados para la comodidad, sino para cosas grandes, para el bien. Así, al final, no me quedó otra opción que decir que sí. Confío en el Señor, y confío en vosotros, queridos amigos. Como os dije ayer, un cristiano jamás está solo."
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